sábado, 5 de diciembre de 2015

LaMetáforaDelNenúfarYElSilbido

La vida contiene paradojas, guiños inocentes de quien no sabe guiñar, con los dos ojos cerrados al unísono. Situaciones que escribirías en el muro de Zuckenberg porque no puedes estar callado. 

Esta semana me he arrancado por Mendoza, y eso genera inquietud. No en todos lo libros te encuentras ante una de los mejores plumas, ahora teclados, de la literatura. Mendoza es un ángel que se ríe, creo, tanto de sí mismo como de los demás, sobre todo de esos que piensan que el mundo tiene que ser triste porque es gris. Él sabe que lo que nos salva en este entretiempo es la absurdez con la que hay que mirar lo que nos rodea. Como un filtro de los que emplea Clint en su cámara. Sino de qué íbamos a estar en este lugar gris, de boinas colapsadas, como si nada. Así la envoltura previa , la paradoja es una palabra: Nenúfar. Algo semejante al McGuffin de Hitchcook.

Para los que no lo sepáis, McGuffin es un recurso que empleó el pervertido director británico para desarrollar las tramas de sus películas, a pesar de que no tenían una relevancia significativa en la historia. Nenúfar lo leí en la novela comentada de Mendoza, así, sin sentido, como un pequeño MacGuffin. Igualmente allá en el local del pasillo interminable, mi querido nihilista de apellido judío habló precisamente de Nenúfar, como si de un McGuffin se tratase. Y todo era por introducir este término en un informe vacío, de esos que se piden para no leerlos. Cierto es que a la añorada Isabel le correspondía su revisión y hubiera encontrado el dichoso McGuffin. Esa fue nuestra trama durante un tiempo, que hizo que los días se pudieran saborear aún más.

Ya en la cueva diseñada por un prestigioso arquitecto, me olvidé del McGuffin y de los nenúfares hasta, como he comentado, me he encontrado con Mendoza. Y de paso, la metáfora, porque claro que todavía quedan nenúfares por descubrir.

Fran fue asiduo participante en el local del pasillo interminable y parecía ya perdido. Fran, de nombre inventado, hizo un curso interminable para aprender a trabajar el cuero. Antes, acudía asiduamente a su cita en el taller para buscar empleo. Allí disfrutaba con Judith porque no había reglas exactas con el horario y podía hacer alguna de sus bromas sin pedir permiso. Fran tiene sus capacidades dislocadas, un poco más que las del resto de la humanidad. Se puede decir que su situación le convierte en una extraña flor que no necesita, por ejemplo, posarse en la tierra para alimentarse. ¿Un nenúfar? Es posible. Por eso ver a aquella peculiar flor en la que se había convertido Fran entre otras tan diferentes, como si pertenecieran al mismo jardín, suponía entender perfectamente la trama de nuestra actividad. Entonces sonaba la música. Judith silbaba. Por lo menos aquello era armonioso.


Desde el traslado a la cueva, Judith había perdido el ritmo. Esta semana con la aparición de Fran, he oído a Judith silbar. 

Si mi querido nihilista de apellido judío, o la añorada Isabel preguntaran por el nenúfar en un informe, podré decirles que ya lo he encontrado, que es real y suena como el ritmo de los silbidos de Judith.

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